Mezquinos y soberbios

A propósito del voraz Puigdemont y el dúctil Sánchez, recuerdo las palabras de Heinrich Böll, en “Billar a las nueve y media”: «Esta gente juega a la decadencia, pero no lo hacen bien, sólo le falta un “largo” para que resulte un entierro de tercera…».  


La decadencia es la enfermedad de Europa. Dolencia que ha sabido ocultar con un deje seudointelectual y la arcaica creencia de seguir siendo crisol de culturas y sólido armazón de la cuna de Occidente, con el agravamiento que la ocultación conlleva. Y dentro de los muchos ejemplos que jalonan este fatal proceso de fragmentación y egoísmos patrios. Y por aquello de comenzar por casa, que es por donde se debe comenzar a actuar, no pontificar, digo actuar, para dejar de ser la esperanza que nunca fuimos y comenzar a ser la realidad que merecemos, es por lo que personalizo en los aludidos; paradigmas de ese ser decadente que dejan bien a las claras que, en esta hora de insignes difuntos, van camino de llevarnos a un entierro de tercera.


El prófugo socava, con «mezquina» saña el Estado, y dicta los destinos de nuestra sociedad al son de sus intereses ideológicos y fobias personales, para nada coincidentes con políticas sociales y económicas progresistas, y el otro, alzado en su «soberbia», lo admite, defiende y asea sin asco y en favor de lo suyo y los suyos. 


Trump y Musk saben, y lo van a aprovechar, que detrás de un gran mezquino siempre hay un gran soberbio, e incluso más.

Mezquinos y soberbios

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